El reportaje de Vogue (EUA) de diciembre 2014


La edición Diciembre 2014 de la revista Vogue de Estados Unidos, (Amy Adams en la portada), incluye un reportaje de John Powers sobre la carrera y la personalidad de Benedict Cumberbatch, tocando tanto proyectos presentes en cine (The Imitation Game y la película de título tentativo Black Mass), como un par de referencias al teatro e introduce a otros interlocutores para completar un retrato muy preciso de este talentoso actor.

La interpretación que le augura un Óscar en The Imitation Game es sólo el más reciente de los magníficos y versátiles papeles que le ganarán a Benedict Cumberbatch entusiastas seguidores. 

Por John Powers

Peluquería: Christiaan; Editor Ropa Caballeros: Michael Philouze; Fotografiado en el Cafe Rest; Diseño de la Produción: Jack Flanagan para la agencia Magnet; Producido por 10-4inc, Londres; Editor: Phyllis Posnick
Cumberbatch usa una chaqueta Belstaff, camiseta Calvin Klein Underwear, Jeans Love Moschino y un sombrero de an Agnès B. hat. Fotografía de Mario Testino, Vogue EUA, Diciembre 2014

 

 Peluquería: Christiaan; Editor Ropa Caballeros: Michael Philouze; Fotografiado en el Cafe Rest; Diseño de la Produción: Jack Flanagan para la agencia Magnet; Producido por 10-4inc, Londres; Editor: Phyllis Posnick

 

 

En verdad amo mucho, mucho mi trabajo”, dice Benedict Cumberbatch con la exquisita voz de barítono que es uno de sus distintivos. “Amo los sets [de filmación]. Amo al equipo. Amo los teatros. Amo al público”.

En esta fresca y ceniza tarde londinense, el actor de 38 años es un rayo de sol. Es un raro día libre de su papel protagónico como Ricardo III en la serie de Shakespeare de la BBC The Hollow Crown. Ya hizo su robusta carrera matutina por Hampstead Heath (“Amo el aspecto de los árboles y el humo de la leña»), y ahora, relajado con un suéter tejido gris y unos jeans color granate, se permite un Bloody Mary para la hora del almuerzo y, a pesar de que se dice a sí mismo que debe evitar el colesterol, un plato fuerte de panceta de cerdo con sal y pimienta.

Tiene muchas razones para darse gusto. Después de todo, ésta es su hora – el Momento Cumberbatch. No sólo su nueva película The Imitation Game es una favorita para los Premios de la Academia (ganó el People’s Choice Award en el Festival Internacional de Cine de Toronto, un barómetro tradicional), sino que es una nominación segura como Mejor Actor por su emotiva y algo graciosa interpretación como Alan Turing, un genio de la vida real que ayudó a salvar a Inglaterra durante la Segunda Guerra Mundial, únicamente para morir solo y olvidado, un profeta sin honor en su propia tierra.

Hoy en día,  todos parecen querer a Benedict Cumberbatch. Aparece junto a Johnny Depp en el próximo drama criminal Black Mass, filmará una nueva temporada de Sherlock en 2015, y el próximo verano encabezará la producción de Hamlet en el [teatro] Barbican, el espectáculo con las ventas más rápidas en la historia de Londres – agotó cien mil boletos en minutos. En realidad esto no es sorpresa. Gracias a la gigantesca fuerza de Sherlock, Cumberbatch se ha convertido en una clase totalmente nueva de rompecorazones internacional, uno cuya sensualidad está definida por su inteligencia. Cuando se estrenó The Imitation Game en Toronto y en Londres, su aparición fue recibida por cientos de chicas gritando y mujeres portando pósters que pintaron de él. “No había visto esta clase de adulación femenina desde Orlando Bloom”, se sorprende la amiga y co-estrella de Cumberbatch, Keira Knightley. “No esperaba este nivel de histeria, pero es maravilloso”. 

The Imitation Game es un excitante deleite para el público sobre Turing, un inadaptado social a quien la mayoría encuentra raro, arrogante y desagradable. Pero también es un genio cósmico. Es Turing quien descifra el así llamado Código Enigma, el cual encriptaba todos los mensajes militares de los nazis durante la guerra. Está hábilmente asistido por un equipo de criptoanalistas de clase mundial – “Somos como Los Vengadores”, bromea Cumberbatch – que incluye a Joan Clarke, una brillante matemática defendida por Turing a pesar de las objeciones sexistas de los militares, y se convierte en un íntimo amigo. Ella es interpretada con habilidosa inteligencia y calidez por Knightley, quien fue compañera de Cumberbatch un verano cuando compartieron una granja mientras filmaban Atonement, y descubrieron un placer mutuo por cocinar y por la música en vivo. Tienen una  química notable. “Porque en verdad somos amigos”, dice Cumberbatch, “compartimos esta gran clave. Hizo de nuestras escenas juntos un deleite”. 

Aunque The Imitation Game se desarrolla 70 años atrás, aún se siente relevante. Por un lado, el aparato descifrador de códigos del equipo, conocido como la Máquina Turing, fue el prototipo para la computadora actual. “Los algoritmos que utilizó Alan durante la guerra”, dice Cumberbatch, “todavía son usados en la máquina de búsqueda de Google”. Pero lo que le da al filme su toque es el desgarrador destino de este hombre solitario y decente. Debido a que su trabajo durante tiempos de guerra fue marcado como ultrasecreto, el público nunca conoció sus logros heroicos. Más trágicamente, debido a que no demostraba vergüenza alguna sobre su homosexualidad en una época cuando todavía era ilegal en Gran Bretaña – Turing es ahora un icono gay – fue un blanco del acoso policial. 

“Sentí una responsabilidad por mostrarlo propiamente”, dice Cumberbatch. “El rostro de Alan debería estar al reverso de los billetes como Darwin y Newton. Debería estar al frente de los libros de texto de historia y ciencia”. 

Con su frente amplia, de cerebro grande, cediendo hacia boca y barbilla más delicada, el actor no tiene par al mostrarnos la humanidad de aquellos que de otro modo podrían parecer intelectuales estrafalarios (Sherlock, Stephen Hawking, Julian Assange). “Quería a Benedict para el papel aún antes de que su nombre fuera tan grande”, dice el director de la película, Morten Tyldum. “Es un perfeccionista –dedicamos mucho tiempo solamente a encontrar la voz correcta– y sabía que podía llegar al núcleo de Alan Turing, la fragilidad y la arrogancia”. 

En persona, comprendes cuan fino actor es Cumberbatch: No es arrogante o frágil. En apariencia más joven que en pantalla, da la impresión de ser dulcemente juvenil, una cualidad que podría contradecir su sofisticación como actor, pero que ayuda a sellar el trato con sus fans femeninas. Sus palabras llegan en ráfagas entusiastas -”Dios,hablo rápido”, dice cuando regreso un momento la cinta para asegurarme que la grabadora está funcionando-, y nunca sabes con certeza hacia dónde podría girar su conversación. Exuda un aura de inocencia, casi deslumbrante placer por su buena fortuna, como cuando habla sobre la “dicha” de pasar tiempo con Depp: “enrollamos cigarrillos y nos sentamos y hablamos y hablamos y hablamos. Ahora es mi amigo. Lo cual es algo increíble de pensar”. 

Ahora que Cumberbatch cabalga tan alto, es fácil olvidar que por casi una década, antes de que llegara el estrellato, ya era un actor exitoso. De hecho fue nominado para un premio por su primer interpretación teatral en 2001. Antes de que Sherlock se convirtiera en un éxito certificado, ya había aparecido como Stephen Hawking para la BBC, y fue reparto de películas grandes como War Horse, Tinker Tailor Soldier Spy  y 12 Years A Slave. 

“La gente seguía diciendo que él era la Siguiente Gran Cosa”, recuerda el co-creador de Sherlock Steven Moffat, “y creo que Benedict ya estaba impaciente porque llegara ese momento”. 

Con Sherlock, que se estrenó en 2010, llegó. Actor y personaje se fundieron químicamente. Cumberbatch fue identificado instantáneamente como un héroe irresistible que satisface la fantasía que todos tienen de burlarse del mundo, especialmente de la autoridad, y de siempre estar en lo correcto.

“A la BBC le gustó la elección, pero con una condición, añade Moffat. “Dijeron ‘¿Es lo suficientemente sexy? Ustedes nos prometieron a un Sherlock sexy’. En esa época nadie pensaba en él como alguien sexy – ni siquiera Benedict”. Ríe. “¿Quién diría que acabaría siendo el símbolo sexual en China?” 

Él no bromea. Cuando fui recientemente a Asia -donde algunos chinos llaman cariñosamente a Sherlock “Curly Fu”- la gente me preguntaba, “¿Conoces personalmente a Benedict Cumberbatch?”, en los mismos tonos asombrados con los que hubieran preguntado sobre Mick Jagger a fines de los sesentas. A él le divierte dicha adulación (“me hace mucha gracia”), y ocasionalmente ridículo. Algunos fans le piden firmar fotos de nutrias, un animal que dicen se le parece -”es un gran perjuicio”, dice secamente, “a una maravillosa criatura anfibia de los bosques”. Otros simplemente se derriten en su presencia. “Tengo amigos que vienen a decirme ‘mi novia está obsesionada contigo’, y yo digo ‘lo siento tanto’”. Ríe con encantada conmiseración. 

Aunque los fans temen que el programa le quede pequeño y renuncie, Cumberbatch es demasiado listo como para verle el colmillo a caballo regalado, especialmente uno que disfruta. “Si podemos mantener la calidad”, dice del show, “no puedo imaginar que alguna vez me canse de ser Sherlock. Me encantaría interpretarlo como un hombre viejo”. 

Mientras tanto, se siente enormemente orgulloso de abordar todo tipo de papel. Esa es una de las razones por las que firmó contrato para Black Mass, una saga criminal de la vida real en la cual interpreta a Billy Bulger, un jefe político de la Massachusetts Maquiavélica quien, con un toque digno de película de los años 1930, resulta ser el hermano del más notable gángster de Boston, Whitey Bulger, interpretado por Depp. 

“Billy es bostoniano”, explica Cumberbatch, “y ese es un acento realmente complicado de hacer. Todo el ambiente de esa película era desconocido para mí, lo cual fue lo que me atrajo de ella. Fue un gran reto”. 

Es esa gama la que impresiona a Dominic Cooke, quien primero lo dirigió en Rhinoceros hace siete años en el Royal Court, y ahora dirige The Hollow Crown, una producción mucho más grande, completa con escenas de batallas que muestran las habilidades de Cumberbatch como jinete. “Benedict es uno de esos actores que en verdad pueden transformarse en algo diferente”, me dice Cooke. “Fui a verlo en dos papeles consecutivos. Uno fue en la obra de Terence Rattigan After the Dance, un papel muy inglés, estirado en la superficie y lleno de emoción por debajo. Entonces lo vi totalmente desnudo en el escenario haciendo un tipo de danza moderna en Frankenstein. No conozco a ningún actor en ninguna parte que pueda hacer ambas cosas tan bien. No solamente son personajes diferentes. Son tipos totalmente diferentes de interpretación teatral”. 

En The Hollow Crown, la cual une las tres obras de Shakespeare que incluyen a Ricardo III, Cumberbatch interpreta al villano jorobado, desde el momento en el que, de adolescente, anuncia sus homicidas intenciones, hasta su agonizante grito de “¡Un caballo! ¡Un caballo! ¡Mi reino por un caballo!”

“¡Es tan divertido!”, dice. “Es diversión para chuparse los dedos. Ricardo dice básicamente, ‘¿Quieres venir a una aventura conmigo? Porque voy a hacer algunas cosas ruines y voy a manejarlo hasta que se caigan las ruedas’”. Su Hamlet también promete tanto brío como tragedia. “Te inclinas hacia él no porque quieres cuidar del pobre tipo o porque todo lo cuenta. Te atrae porque es muy entretenido y tiene un gran sentido del humor. Es muy ocurrente. Los mejores Hamlets que he visto han sido, sin duda, los más divertidos”. 

Parte del extremadamente buen humor de Cumberbatch tiene que ver con el hecho de que últimamente ha estado viendo a Sophie Hunter, de 36 años, una encantadora directora de teatro educada en Oxford (y actriz y cantante), conocida por sus producciones de vanguardia. Han estado en una relación durante los últimos meses, no tan secretamente como ellos hubieran esperado. Los diarios publicaron fotos de ellos en el Abierto Francés [de tenis] y caminando en el Jardín Botánico Real de Edinburgo – “Ahora todo mundo es un paparazzi”, dice, meneando la cabeza. Aunque su romance con Hunter romperá sin duda algunos corazones adolescentes, la mayoría de sus fans deberán sentirse aliviadas de que su ídolo, a quien adoran por su inteligencia y complejidad, esté saliendo con alguien digno de sus fantasías sobre él. 

“Estoy muy, muy feliz”, dice de la relación, “y estoy feliz de decirlo”. Sonríe tan tímidamente que le creo del todo. 

“Lo maravilloso sobre Benedict es que la está pasando muy bien”, me dice Knightley con obvio afecto. “Es bonito ver a alguien teniendo lo que siempre quiso y después disfrutándolo”.

Aún así, es una medida de su buen juicio el que trate de mantener su éxito en perspectiva. Algo así como George Clooney, quien tampoco fue grande sino hasta la mitad de sus años 30, Cumberbatch despegó cuando fue lo suficientemente mayor como para apreciar la fama sin sentirse arruinado por ella. Puede entusiasmarse por las especulaciones de un Óscar, pero no embelesarse por eso.“Algunas veces me preocupo sobre la actualidad alrededor del furor – el internet, las adolescentes. Procuro que no oscurezca otras cosas que me importan. Cuando alguien dice que soy perfecto para un papel porque tendrá una [gran] audiencia, eso me enfría inmediatamente”. 

De hecho, cuando pregunto la carrera de quién le gustaría emular, nombra actores que siente que han “andado la distancia”, queriendo decir que surgieron de las filas, hicieron décadas de gran trabajo, y siguen fuertes – Michael Gambon, Ian McKellen, Bill Nighy… 

“El asunto de la adoración es extraordinaria”, me dice, “pero no continuará por siempre, y quiero que mi trabajo continúe por siempre” – se detiene, riendo ante tal grandiosidad. “O al menos por los siguientes 40 años”.

 

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